El pasillo nº 7
¿Cómo surgió la idea? Cuando mi colega y amigo, Antonio Sánchez Vázquez, me comentó que iba a coordinar una antología de relatos de terror para la editorial Universo y que quería que yo formase parte, tenía tantas ganas de no defraudarle por la oportunidad que, esa misma noche, soñé la parte final de este relato.
A la hora de escribirlo, intenté ponerle elementos del género de survival horror de cierta saga de videojuegos -elementos más que notorios en todo el relato en sí-. Cuando le envié este relato, mi 'compi' Antonio me dio que le había gustado, pero que no era lo que él quería para la antología: su idea era "terror familiar". Me guardé esta historia y escribí El secreto de Liz Cromwell, que se publicó en el libro Family Nightmares, durante el año 2014, un día que guardo especialmente en mi corazón, con la presentación en la mítica librería Gigamesh, junto al resto de autores y, algunos de ellos, futuros amigos. Pero, como diría Michel Ende, eso es otra historia y será contada en su momento...
Por el momento, te dejo con El pasillo nº7.
Espero que te guste.
Kirk,
con los ojos cerrados y durmiendo, estornudó cinco veces, despertándose de
repente en un nuevo día. Sin embargo, había algo que no cuadraba en todo eso…
Dormía
sobre un suelo de madera, lleno de polvo gris, bolas de pelo y cristales rotos;
en la sala donde se encontraba no se veía absolutamente nada, tan solo una leve
luz que se filtraba entre las paredes de madera oscura que iluminaba,
tenuemente la habitación. A su alrededor, había bien poca cosa: una mesita
pequeña, y encima de ésta una pequeña cantimplora, una linterna y una ganzúa.
Con
lentitud, Kirk se levantó, sin recordar cómo había llegado ahí, o porqué tenia
ese leve dolor en el pecho. Atontado aún, se dirigió hacía un espejo que había
encima de la mesita y, tras retirar las telarañas del cristal, y quitar el
polvo con la mano, se vio: sus ojos marrones se confundían con el negro, y su
pelo, negro, largo y con algunas canas, caía por el lado derecho de su cara; al
tocar-se el cuello, sintió que allí había algo extraño, y girando el cuello un
poco, vio que tenia una especie de conector de electricidad enganchado en el
cuerpo, dónde se veía, claramente, un número cinco pintado en fluorescente.
Kirk, asustado, se tocó el conector, pero al ver que salía del interior de su
cuerpo paró de intentar investigar más.
¿Qué
coño había pasado? ¿Cómo demonios había llegado ahí? ¿Qué era eso que tenia en
el cuello? ¿Y por qué solo recordaba que se llamaba Kirk?
Miró
alrededor, intentando buscar algo más que le dijera quién era, y dónde estaba,
pero no había nada más en la habitación. Kirk pensó que, para averiguarlo,
debería salir de la habitación y buscar sus respuestas. Así que, tras coger la
ganzúa, la cantimplora (que tenía líquido dentro) y la linterna, salió de la
sala, por la puerta de madera, que gruñía haciendo un ruido espantoso.
La
siguiente sala era un pasillo oscuro, totalmente oscuro, dónde la luz del
exterior no entraba, y donde hacía un calor insoportable; Kirk, decidido a
descubrir qué estaba pasando, apretó el botón de la linterna…
…pero
esta no se encendió.
Kirk,
resoplando, le dio unos golpes, pero la linterna no se encendía para nada.
Finalmente, investigando la causa, abrió la tapa y la mayor teoría del momento
se hizo patente: la linterna no tenía pilas.
Cabreado,
guardó la linterna en su bolsillo, y tocando las paredes, avanzó por el
pasillo. Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, y vislumbraba
la distancia entre pared y pared, que no sería demasiada; con lentitud y
tanteando para ver si encontraba algo en la pared, siguió caminando, respirando
entrecortadamente.
Kirk
pegó un grito, cayendo por un agujero que había en el suelo. Por suerte, con la
mano que tocaba la pared, consiguió sujetarse al suelo del pasillo, así que,
haciendo de tripas corazón, intentó subir hacía arriba de nuevo. Con gran
esfuerzo, y con parte de sus fuerzas perdidas, Kirk consiguió volver arriba.
Cansado y exhausto, se tumbó sobre el suelo de madera, notando como sus pies
caían por el agujero de los huevos. Se incorporó, poniendo su espalda contra la
pared, y sacó la cantimplora, para intentar beber un poco de agua. «Al menos,
esto si es agua», pensó. Se quedó respirando ahí, intentando volver en si mismo
del susto recibido y, cuándo pensó que ya podía seguir, se levantó; decido a no
volver a caer en un nuevo agujero sorpresa, con su mano derecha tocó la pared y
con el pie izquierdo, tanteaba el suelo, como si fuera el palo de un ciego.
Y
siguió avanzando.
Finalmente,
después de Dios sabe cuanto tiempo y de dos agujeros en los que no cayó, su
mano derecha tocó el pomo de una puerta. Aliviado y sonriente, Kirk giró el
pomo, y una puerta se abrió, entrando él en aquella sala. Por suerte para él,
era otro pasillo, pero, a diferencia del anterior, éste tenía unas pequeñas
bombillas cada cierta distancia, que, pese a iluminar más bien poco, dejaban
entrever las paredes poco separadas y el suelo, ésta vez sin agujeros a la
vista. Kirk, sonriendo levemente, avanzó por el pasillo, sin mirar atrás, hacía
el final del mismo, donde se podía ver una puerta. Cuando estaba por la mitad
del pasillo, la puerta por la que había entrado se abrió de repente, se giró
hacía allí, y vio entrar a un hombre, de unos cuarenta y cinco o cincuenta
años, y a una chica joven, de unos veintiséis, que corrían exhaustos por el
pasillo, cerrando la puerta a su paso. Los dos desconocidos fueron corriendo
hacía donde se encontraba Kirk y, antes de estar delante de él, la chica gritó:
—¡CORRE!
Le
cogió de la mano y lo empujó hacía donde ella y el desconocido corrían. Abrieron
la puerta, y entraron los tres en el interior. Kirk, que no comprendía que
estaba pasando y quienes eran esos dos, no dijo nada, y dejó que la chica le
sujetara la mano por el tercer pasillo, igual que el anterior, pero con las
paredes más distanciadas entre si y con unos cuadros que, de tan llenos de
polvo como estaban, no dejaban ver que había bajo ellos. La chica, de pelo
rubio y largo, seguía sin soltarle la mano, en dirección al final del pasillo,
el cual no se observaba.
—¿Quién
coño eres tu? —le preguntaba la chica, mientras seguían corriendo—. ¿Cómo has
podido sobrevivir a los Cazadores?
«¿A
los qué?», se preguntó Kirk.
—Deyanira,
será mejor que dejes las preguntas para luego —dijo el hombre, mirando
levemente hacía ellos dos. El hombre se detuvo en seco, alzando el dedo índice
de su mano derecha, y llevándoselo a los labios—. Silencio. ¿Lo escucháis?
Kirk,
aguzando el oído, escuchó con atención. De fondo, de muy profundo del pasillo,
y entre las paredes, se escuchaban pasos, y una melodía que se iba acercando a
ellos. Él iba a preguntar si eso era bueno o era malo, pero por la cara que
ponían el hombre y la tal Deyanira, supo que no era bueno.
—¡Cazadores!
—dijo la chica, gritando en un susurro.
Con
prisa, el hombre miró alrededor, buscando algo que Kirk no sabía, hasta que,
finalmente, corrió unos metros hacía adelante, se arrodilló en el suelo, y con
su mano agarró un picaporte estirándolo hacía si mismo, abriendo una trampilla
en el suelo.
—¡Entrad!
—dijo el hombre con presteza.
Deyanira
empujó a Kirk por la trampilla, que cayó en su interior. No era un lugar
bastante grande, pero allí podían caber, perfectamente, cinco personas
agachadas. Tras él, Deyanira entró, saltando sin inmutarse ni sorprenderse, y
tras ella el hombre cerró la profesión, cerrando tras de si la trampilla. Muy
poca luz entraba en aquel reducto minúsculo, pero la suficiente como para ver
el techo del pasillo por el que habían saltado al agujero. De repente, la
melodía empezó a acercarse a ellos, cada vez más, acompañada por unos pasos
que, cada vez, se iban volviendo más cercanos.
Tirirí, ti tirí tirí. Tirirí, ti tirí tirí.
Kirk
abrió los ojos de par en par, así como su boca. Quería saber que pasaba y que
demonios eran los Cazadores.
—¡No
digas nada! —dijo el hombre, asustado.
Deyanira,
viendo las intenciones de Kirk, le cogió por el gaznate y se lo acercó a él,
besándole con fuerza.
Kirk,
sorprendido y con los ojos abiertos, veía los ojos de Deyanira, que miraban
hacía arriba, después, dirigió su mirada a la del hombre, que miraba hacía la
misma dirección; así que, mientras Deyanira lo besaba, él también miró hacía el
pasillo de arriba. Cuando la música estuvo encima de ellos, vio algo entre las
tablas de madera. Algo que no le gustó en absoluto.
Un
gran número de personas corrían por el pasillo, vestidos con armaduras,
brillantes y plateadas, con cascos que les ocultaban todo el rostro y unas
enormes pistolas entre sus brazos. Mientras corrían, la música sonaba con
fuerza, cada vez más, hasta que, aquella avanzadilla siguió pasillo arriba, sin
detenerse, perdiéndose en la distancia y con ellos, la melodía.
Deyanira
se separó de Kirk, sin dejar de mirar hacía arriba. En contra de todo
pronostico, y sin decir nada, abrió la rejilla un poco y miró hacía el exterior.
—Está
despejado… —susurró, antes de volver a entrar dentro. Miró a Kirk un momento, y
luego a su compañero—. Baku, ¿qué equipo tenemos?
El
hombre llamado Baku sacó un pequeño paquete de un bolsillo, lo desenvolvió,
dejando libre una pequeña 9mm, y una cajita pequeña con balas, que abrió y Kirk
observó que estaba vacía
—Yo
solo tengo la Magnum, con una bala en su interior… —dijo Baku, pasando
inventario. Después, se llevó un cigarrillo a la boca y sacó un encendedor, con
el cuál se encendió el canuto.
—Bien,
una pistola prácticamente inútil, i un mechero… —añadió Deyanira, quitándole el
mechero rápidamente—. Yo tengo el cuchillo que recogí del cuerpo de Maxwell. ¿Y
tú, tienes algo?
Kirk
sacó la ganzúa y la linterna sin pilas de sus bolsillos.
—Una
ganzúa, una cantimplora con agua y una linterna sin pilas —pasó lista
Deyanira—, al menos es mejor que un triste revoltijo de plantas como llevo yo.
—¿Y
con eso que podemos hacer? —preguntó Baku, mirando los objetos que llevaban
consigo.
—Podemos
usar la ganzúa para abrir la puerta del pasillo 7, pero no sabemos que hay allí
—respondió Deyanira, pensando—. Creo que lo mejor será ir hacía allí, e
intentar sobrevivir. Según le he escuchado decir a otro objetivo, tras la
puerta del pasillo 7 están las respuestas que buscamos. Será mejor que vayamos
para ahí.
»¿Por
qué quieres venir con nosotros, no? —preguntó Deyanira, mirando a Kirk, que
hizo que si con su cabeza.
Así
que, la avanzadilla de tres, salió del agujero, son gran sigilo, en dirección a
la puerta que les conduciría hacía el siguiente pasillo. Mientras lo hacían,
Baku le contaba los tejemanejes el lugar.
—Según
he podido deducir, nos encontramos en la Mansión Spencer, un lugar enorme donde
predominan los pasillos. En todas las habitaciones inferiores, se despiertan
personas diferentes, que no recuerdan nada más que un nombre. Todos tenemos un
dispositivo clavado en la nuca, y lo único que sabemos es que los Cazadores nos
persiguen y nos matan por el camino. Sí, nos matan —añadió Baku, ante el rostro
de sorpresa de Kirk—. Yo desperté en una habitación con dos compañeros más, y
de los tres solo quedo yo. Los Cazadores ya los han matado a ellos. Pero, por
suerte, yo he logrado sobrevivir.
—Entonces
lo encontré yo —explicó Deyanira, que encabezaba el grupo—, cerca del pasillo
23. También me desperté en una habitación, en la que solo había el revoltijo de
plantas; conmigo se despertó Maxwell, que tenia el cuchillo con él, y antes de
que lo cazaran, me dio el cuchillo. Por suerte, para mí, para llegar a aquí he
matado a un cazador.
—¿Y
qué hay bajo el casco? —preguntó Baku, intrigado.
—No me
detuve a rebuscar entre sus restos; solo salí corriendo de allí, porqué la
melodía de los huevos se acercaba a mí.
»Por
si no te has dado cuenta, Kirk, cuando aparecen los Cazadores, esa música
diabólica suena de sus cascos.
Deyanira
se detuvo, delante de una nueva puerta. Kirk, se quedó atento a la misma y, por
primera vez, observó que había escrito un número en el pomo. Había un número 9.
Con sumo cuidado, Deyanira giró el pomo, mientras Baku sujetaba su Magnum 9mm
por delante de sus ojos, apuntando hacía la puerta. Kirk creyó que podía estar
en posición defensiva, y al verlo, no se sintió especialmente seguro.
La
puerta cedió, y un nuevo pasillo se abrió ante ellos. De nuevo, una
semioscuridad entraba por las rendijas de las paredes de madera y, ésta vez, el
pasillo estaba pintado de rojo por algunas zonas. A ambos lados, se podían ver
agujeros que salían de las paredes, así como del suelo o el techo, y Kirk fue
tan osado como para mirar dentro, dónde no vio absolutamente nada. Primero
entró Baku, arma en ristre, después Kirk, acobardado y intrigado; cerrando la
procesión, Deyanira cerró la puerta, sacando el mechero de Baku y calentando el
pomo de la puerta, hasta que estuvo al rojo vivo. Después, miró hacía el
pasillo, buscando alguna cosa por los lados.
—Bueno,
al menos es un placer encontrarse con algo diferente al color de la madera
sucia… —opinó, mirando las paredes.
Kirk
no podía estar más de acuerdo.
Con
suma atención, y con los oídos en alerta, caminaron hacia el final del pasillo,
con sumo cuidado. Por deseo de Deyanira, Baku iba en la retaguardia, para
defenderles de lo que viniera por detrás, mientras que Deyanira cubría la parte
delantera, con su cuchillo en ristre. Se ajuntaron, haciendo que Kirk tocara la
espalda de ella y la espalda de Baku. Pensó en qué aportaba él al grupo.
Deyanira mostraba buenas aptitudes de liderazgo y Baku denostaba una valentía y
una fuerza de voluntad a prueba de ello (por cómo sujetaba la pistola, sin
temblarle la mano). Cuando parecía que todo era seguro, Baku bajó la pistola, y
se separó de Deyanira y Kirk.
—Creo
que podemos descansar un rato —dijo, con una media sonrisa en su rostro—.
Parece que este pasillo es seguro. No es como los demás.
Kirk
le dio la razón, asintiendo con su cabeza. Cuando giró su cabeza para ver que
hacía Deyanira, la vio tocando las paredes, con su oreja sobre uno de esos
agujeros.
—¿Qué
haces? — preguntó Baku, adelantándose a Kirk.
—Estoy
pensando que puede ser esto… —respondió Deyanira, pensando en voz alta—.
Este pasillo es tan diferente a los demás…
—¿Y
eso es bueno o es malo? —preguntó Baku.
—No lo
sé… Puede que sea una casa de torturas, o algo así… No tengo la más mínima
idea de que es lo que está ocurriendo… Además, a veces creo que los
Cazadores nos quieren llevar hasta los pasillos inferiores…
—Y tu,
¿cómo demonios puedes saber eso? ¿Acaso eres uno de ellos? —preguntó Baku,
levantando la Magnum y apuntando directamente a Deyanira—. ¡Tu eres uno de
ellos! —gritó, apuntándola.
—¿¡Qué
coño estás diciendo?! —preguntó Deyanira, mirando hacía él.
Al
hacerlo, Baku y Kirk ahogaron un grito en seco. Deyanira tenia la mitad de la
cara de color rojo, así como sus manos, que las levantaba ante la amenaza de
Baku. Al verla así, Deyanira se extrañó, así que vio alrededor hasta que se vio
las manos. Deyanira empezó a temblar y, justo cuando parecía que iba a gritar,
Kirk se tiró encima de ella, tapándole la boca. El impulso de supervivencia, y
el intentar evitar que vinieran los Cazadores era más importante que el shock
que pudiera tener la mujer. Al hacerlo, Deyanira cayó de espaldas contra el
suelo, y Kirk con ella. Al momento, se oyó un clic, y un leve zumbido se escuchó por las paredes, el techo y el suelo.
Extrañados, miraron en todas partes, buscando el origen de ese ruido. Pero
venia de todas partes. Finalmente, Deyanira, entendiendo la situación, miró
debajo de ella, y con los ojos abiertos alzó la mano hacía Baku, gritándole:
—¡Ven
hacía aquí! ¡Corre!
—¿Qué
coño quieres? —preguntó él.
—¡Es
una trampa! —gritó la chica.
Pero
fue demasiado tarde.
De
todas partes surgieron lanzas a toda velocidad, que se clavaron en el cuerpo de
Baku, haciéndolo sangrar y hacer disparar el único tiro que tenían; cayendo de
rodillas, y con los ojos fijos en ellos, dejó ir su último aliento. Fue
entonces cuando Kirk entendió que las paredes no estaban pintadas de rojo:
estaban pintadas de la sangre de sus víctimas.
Deyanira
se tapó los ojos con sus manos, ahogando un grito. Kirk, sorprendido y asustado
miró hacía el suelo, y a los lados, por suerte (para él y Deyanira), al haberla
empujado salieron de la zona de peligro, pero esa acción que les había salvado
la vida, hizo que Baku muriera apuntalado por haber activado el interruptor. Se
diría que habían tenido la suerte de los torpes.
Si por
él fuera, hubiera dejado a Deyanira llorar levemente, sin conocer del todo la
historia que tenía ella con Baku, o si bien ese llanto era producto de la
sorpresa de la muerte fría y directa; pero no podía dejarla allí…
Tirirí, ti tirí tirí. Tirirí, ti tirí tirí.
Empezando
a asustarse más, Kirk cogió del brazo a Deyanira, que lo miró con lágrimas en
los ojos; sin embargo, antes de que pudiera decirle que la dejara o qué
ocurría, ella pareció escuchar el sonido. Se levantó de golpe, y corrieron
hacía el final del pasillo, donde una nueva puerta les impedía avanzar.
En el
pomo ponía H4.
Sin
pensar que podía significar eso, entraron en una habitación pequeña, llena de
trastos viejos, una fuente, y una escalera de madera que subía hacía el techo.
Mirando alrededor, y mientras la música se iba escuchando más fuerte, Deyanira
subió las escaleras, y alargó la mano hacía Kirk para que la siguiera. Una vez
arriba, los dos subieron la escalera con ellos, impidiendo que los Cazadores
los siguieran. Un rato después, la puerta del pasillo de lanzas se abrió de par
en par, entrando veinte Cazadores, todos con su armadura plateada y su casco.
Desde la posición en la que se encontraba, Kirk se dio cuenta de algunos
detalles que tenían grabados en sus armaduras, tales como dibujos de hechos de
opalino, y filigranas doradas que recorrían todo el cuerpo de los Cazadores.
Toda la carne estaba cubierta, así como el pelo, y las pistolas que llevaban
eran tan grandes como medio cuerpo adulto. Sin embargo, lo que más sorprendió a
Kirk, fue ver como, el grupo de Cazadores que había en el centro de la
avanzadilla, llevaban el cuerpo apuntalado de Baku, aún con los ojos abiertos
de par en par, sin luz.
Deyanira,
no quería mirarlo, mientras agarraba con fuerza el cuchillo que tenía,
esperando a usarlo si algún Cazador se percataba de su presencia; sin embargo,
y por suerte, nadie los detectó, y los Cazadores salieron por una puerta que
había al final de la sala. Esperando a que la música se perdiera en la
distancia, Deyanira y Kirk, se miraron el uno a otro, esperando a que su
compañero reaccionase y dijera que todo iba bien. Por suerte para Kirk,
Deyanira volvió a demostrar sus dotes de mando, bajó la escalera y descendió al
nivel inferior. Cuando Kirk la siguió, la encontró agachada, bebiendo de la
fuente. Desde la posición dónde se encontraba, Kirk pudo observar el cuello de
Deyanira, y con ello su dispositivo, con el número 14 marcado en fluorescente.
Prefirió no preguntar nada, y llenar la cantimplora por lo que pudiera suceder.
Mientras el líquido azul brillante caía dentro del recipiente, Deyanira daba
vueltas por la sala, buscando cualquier cosa que pudieran utilizar para
sobrevivir. Al verla, Kirk la encontró preciosa: su pecho (oculto tras una
camiseta blanca) era perfecto, terso y firme, de sus pantalones raídos salían
dos preciosas piernas, largas y depiladas, que parecían indicar que hacía
ejercicio. Hasta ese momento, Kirk no se dio cuenta del color de ojos de
Deyanira: un azul eléctrico precioso. Al verla, pensamientos impuros pasaron
por su cabeza: como quitarle la ropa a mordiscos y hacer el amor sobre el
suelo, aunque les pillaran los Cazadores y la maldita musiquita. Pero, al
momento, sacudió su cabeza, como si con ello alejara de su mente aquellos
pensamientos sexuales. Cuando comprobó que la cantimplora estaba llena, cerró
el tapón, y se levantó.
Deyanira
lo miraba extrañada, y se acercó a él.
—Tienes
una herida en la pierna, Kirk —dijo ella, señalando su pie.
Al
bajar la mirada, Kirk se dio cuenta que tenía razón y, sin embargo él no sentía
dolor, ni tan siquiera cómo le salía la sangre de ese sitio. No había sentido
la herida. Sin embargo, Deyanira se acercó a él, sacando de su bolsillo el
revoltijo de plantas que llevaba. Con delicadeza, se arrodilló frente a él,
pasando muy cerca de su entrepierna (cosa que sorprendió y excitó a Kirk), y le
puso el ungüento sobre la herida, que empezó a soltar pequeñas burbujas de aire
que explotaban sobre la herida. Kirk, sin sentir nada (salvo un deseo que
Deyanira levantara la cabeza hacía su entrepierna), no le dio importancia.
Deyanira,
se levantó, cerró el ungüento de nuevo entre los papeles, y le sonrió.
—Mejor
así —sonrió ella.
Kirk
solo pudo asentir.
Después
de un rato en silencio (y de no encontrar nada de utilidad salvo el líquido de
la fuente), se dispusieron a seguir en busca del pasillo número 7. Con
decisión, se fueron hacía la puerta, escuchando atentamente en busca de la
melodía de los Cazadores, y ante la ausencia de la misma, giraron el picaporte
en el que había grabado el número 8.
Un
nuevo pasillo de madera se descubría ante ellos, y de nuevo la única luz
procedía de las tablas rotas de las paredes. Por suerte, para ellos, no parecía
haber signos de ballestas o agujeros de lanza por el suelo, y tampoco había
rastro de sangre por ningún lado. Eso hizo respirar a Kirk, aliviado, por no
volver a encontrarse con aquello. Deyanira, por su parte, cerró la puerta tras
de ella, con el cuchillo alzado, mirando en todas direcciones con gran
atención, buscando cualquier posible amenaza. Al verla así, Kirk pensó que
quería asumir el rol de Baku, el de protector del grupo, así que no quiso decir
nada. Por primera vez, Kirk se sentía inútil consigo mismo. ¿Qué aportaba él a
ese grupo? Nada. Solo había dado la cantimplora, y una triste y miserable
ganzúa. Quién tenía que haber muerto en el pasillo 9 era él, y no Baku, tan
atento y con el porte tan de soldado. Pero él no servía para nada… solo
para meter la pata y, con su torpeza, matar al gran valor de Baku.
Al
darse la vuelta, para decírselo a Deyanira, ésta le observó los ojos, y le
sonrió levemente. Y todo desapareció.
Se
acercaron al final del pasillo, donde se veía una nueva puerta. Deyanira, se
acercó al pomo, en el que se leía H3, e intentó girarlo.
Pero
no pudo.
—No se
abre… —dijo ella, intentando de nuevo darle la vuelta—. ¡Maldita sea! ¡Ábrete!
—gritó, dándole una patada a la puerta.
Cuando
eso no surtió efecto, Deyanira se dio cuenta que el pomo tenía una pequeña
cerradura, en la que miró dentro, como si esperara que así, y por arte de
magia, se abriera de repente.
—Podrías
intentar abrir la cerradura con tu ganzúa, Kirk —dijo Deyanira, volviendo a la
realidad.
Kirk
asintió convencido, y se arrodilló frente al pomo, sacó la ganzúa del bolsillo,
y empezó a intentar abrir la cerradura.
Tirirí, ti tirí tirí. Tirirí, ti tirí tirí
La
melodía empezó a sonar muy fuerte, procedente de la habitación de la fuente.
Sorprendidos, y petrificados, miraron hacía la puerta por la que habían
entrado. Deyanira, levantó el cuchillo, con el rostro amenazante.
—¡Date
prisa en abrir la puñetera cerradura! —gritó.
Kirk,
aprisa y corriendo, siguió forzando la cerradura, intentándolo si más no,
porqué las manos le temblaban de miedo. Mientras tanto, la música iba
aumentando de volumen, y empezaban a escucharse los pasos de los Cazadores.
—¡CORRE!
—gritó Deyanira, mientras las manos le temblaban, y unas lágrimas de miedo le
caían por el rostro.
«La
presión no ayuda en absoluto», pensó Kirk, mientras seguía forzando la
cerradura.
¡PLOF!
La
puerta de la sala anterior se abrió, y en el pasillo entraron varios Cazadores,
levantando sus armas hacía ellos. En ese justo momento, la cerradura cedió, y
Kirk giró el pomo. Se dio la vuelta hacía Deyanira, para decirle que corriera,
pero ella le empujó hacía la siguiente habitación.
—¡No
dejes que te atrapen! —gritó, cerrando la puerta, y dejando a Kirk solo.
Se
escuchó como la cerradura volvía a su posición normal, cerrando la puerta.
Kirk, angustiado por salvarla, miró el pomo de la misma…
…pero
no había ninguna cerradura y la pomo tampoco se movía.
Empezó
a aporrear la puerta, llorando tras ella, pero algo lo detuvo en seco.
Escucho
una gran explosión.
Dio
cinco pasos para atrás, alejándose de la puerta, asustado a más no poder. Con
decisión, y sin mirar que tenía esa habitación de los huevos, corrió hacía la
siguiente puerta, en donde se veía el número 7 marcado en el pomo. Con
decisión, y lágrimas en los ojos, abrió la puerta y entró en el séptimo
pasillo.
Una
gran luz le deslumbró, cosa que hizo taparse los ojos. Cuando la puerta de sus
espaldas se cerró, la melodía empezó a sonar, como si proviniese de la misma
sala. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, vio donde se encontraba. El
pasillo número 7 no era un pasillo al huso.
Era un
circo romano.
A su
alrededor, se veían gradas por todas partes, y en ellas miles de millones de
Cazadores, gritando y alzando sus armas al aire, como si desearan sangre y
muerte. Al darse la vuelta, Kirk se dio cuenta que tras él había otra grada, de
dónde salía la puerta por la que había entrado, y que más Cazadores le
señalaban con el dedo, riéndose de él.
Jamás,
en toda la experiencia que había tenido se había sentido así: como un juguete.
¿Todo eso era un juego? ¿Para qué?
De
repente, se dio cuenta que había otra puerta, y que en ella se veía, con
claridad, un dibujo marcado en la puerta. El número 6. Kirk pensó que aquello
podía ser su escapatoria, que por allí podía seguir huyendo de los Cazadores.
Pero, delante de tantos observándole, no sabía si podría conseguirlo sin morir
en el intento. Además, el sacrificio de Deyanira aún lo dejaba sin respiración.
La
melodía se detuvo, y se hizo el silencio. Sorprendido, Kirk miró alrededor,
para ver si, por casualidad, los Cazadores se habían ido. No era así. En lugar
de chillar, gritar o reírse de él, miraban hacía la grada superior, dónde se
veía a un hombre de tez grisácea, ropas oscuras (de cuero), que cubrían su
cuerpo de tres metros de altura. De la parte superior de su calva, pasando por
su ojo izquierdo, se veía una enorme cicatriz (con grapas uniendo ambos lados
de su cara), mientras que no tenía labios en absoluto (en su lugar, allí no
tenía piel, cosa que le permitió ver a Kirk los músculos que sujetaban la
dentadura de aquel ser.
—¡Una
nueva edición se cumple! —gritó aquel ente, con voz profunda, estruendosa y
terrorífica—. Y ante nosotros, nos encontramos a Kirk, ¡del sector 732!
A
aquellas palabras le siguieron ovaciones de todos los Cazadores, mientras que
el cara-grapada alzaba los brazos, animando a la multitud, sonriendo (o eso
intuía Kirk).
—¡Y
ahora, para deleite del quinto piso del Castillo Gnumul, los Cazadores! —gritó
el ser, señalando la puerta por la que había entrado Kirk.
La
puerta se abrió de par en par, y cincuenta Cazadores entraron por la puerta,
alzando sus pistolas en dirección a Kirk, que fue andando hacía atrás,
temblando de terror, y respirando entrecortadamente, cosa que hizo gritar más
al público. Un momento después, la avanzadilla se separó, y uno de ellos
sujetaba el cuerpo de Deyanira, inerte y con la ropa hecha jirones. Aquellos
pechos que habían llamado la atención a Kirk unos momentos antes, se veían
perfectamente, pero estaban llenos de polvo y quemaduras. Al ver el cuerpo de
Deyanira, Kirk se arrodilló al suelo, llorando desconsolado.
A su
lado, cayó una lanza de oro, procedente de la grada. Al alzar la mirada, Kirk
vio a un Cazador, asintiendo su cabeza. Al momento entendió que le quería
decir: debía luchar para vivir.
Pero
Kirk no se movió, se quedó quieto, mirando el cuerpo de Deyanira, que no se
movía lo más mínimo.
—¿No
quieres luchar? —preguntó el ente de cara grapada. Kirk se acercó al cuerpo de
Deyanira, ignorándole a él y a la multitud, gritando “¡LUCHA!”—. ¿No quieres
pelear por tu vida? —Kirk tampoco respondió.
»Después
de tantos intentos, ¿te niegas a seguir con el show?
Kirk
abrazó el cuerpo de Deyanira, y lloró sobre él. Pensando que él era un cobarde,
y que siempre sería un cobarde.
—Entonces,
se acabó el juego.
Kirk
alzó la mirada, viendo como todos los Cazadores le apuntaban con sus armas. Todos
dispararon a la vez.
Dormía
sobre un suelo de madera, lleno de polvo gris, bolas de pelo y cristales rotos;
en la sala donde se encontraba no se veía absolutamente nada, tan solo una leve
luz que se filtraba entre las paredes de madera oscura que iluminaba,
tenuemente la habitación. A su alrededor, había bien poca cosa: una mesita
pequeña, y encima de ésta una pequeña cantimplora, una linterna y una ganzúa.
Con
lentitud, Kirk se levantó, sin recordar cómo había llegado ahí, o porqué tenia
ese leve dolor en el pecho. Atontado aún, se dirigió hacía un espejo que había
encima de la mesita y, tras retirar las telarañas del cristal, y quitar el
polvo con la mano, se vio: sus ojos marrones se confundían con el negro, y su
pelo, negro, largo y con algunas canas, caía por el lado derecho de su cara; al
tocar-se el cuello, sintió que allí había algo extraño, y girando el cuello un
poco, vio que tenia una especie de conector de electricidad enganchado en el
cuerpo, dónde se veía, claramente, un número seis pintado en fluorescente.
Kirk, asustado, se tocó el conector, pero al ver que salía del interior de su
cuerpo paró de intentar investigar más.
Y
siguió el juego.
FIN.
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