Robin

 ¿Cómo surgió la idea? 

Año 2014 -como la mayoría de relatos que he publicado hasta ahora-. El compañero Daniel Expósito, que hizo la portada de Family Nightmares, publicó un concurso en redes sociales en el que se proponía escribir un relato que acompañase una fotografía en particular. La historia de Body Shots, título del proyecto, eran las imágenes que un fotógrafo tomaba tras un apocalipsis zombi. 

Con el ego algo subido por mi parte, decidí participar en el concurso que debía acompañar la imagen en sí, y surgió esto, muy influenciado por la semejanza que encontré con la modelo de la fotografía con la actriz de la serie Cómo conocí a vuestra madre. Aún conservo el archivo con las correcciones y anotaciones de Antonio Sánchez Vázquez, la única persona que ha leído esto antes de publicarlo aquí -cosa de querer guardarlo todo, como dice mi amiga Bea-. Cabe decir que, antes de ponerlo aquí, ni recordaba haber escrito Robin hasta que lo he encontrado en una carpeta de Dropbox. En todo caso, lo aireo del desván por si te interesa. 

Aviso: contiene elementos erótico-sexuales -toma palabro que acabo de soltar-. Así que quedáis avisados. 

Espero que te guste. 

Robin

Aún no he llegado a esclarecer qué fue lo que me atrajo de aquel osito de peluche tirado en el suelo. Puede que fuera la destartalada calle y las hojas impresas volando por doquier, o bien por la familia que se acercaba hasta mi posición; pero algo de ese juguete esponjoso me atrajo como nunca lo había hecho un juguete. Tan ensimismado estaba haciéndole fotos que no escuché los pasos.

Al darme la vuelta, fue cuando la vi. Sensual, excitante, sexy y muchos más calificativos placenteros que solo se le podrían decir a la misma Afrodita. No se que fue lo que más me atrajo de ella, si el pecho turgente y redondeado que anhelaba ser libre a través de su ropa, o bien aquel pelo del color de la muerte. Quedé ensimismado de ella, de su presencia y de su cuerpo. Mi primer impulso fue quedarme quieto y seguir mirando el vaivén de sus caderas, que se movían como las olas del mar en calma. Su cuerpo era glorioso.

Ella era gloriosa.

La miré de pies a cabeza, y pensé que aquella chica sería modelo cuando estaba viva. Puede que no la hubiera visto nunca antes, pero de haberlo hecho sabía que se hubiera pajeado frente a su fotografía en la intimidad. ¡Se parecía tanto a Cobie Smulders! Eso fue lo que me llevó a alzar mi cámara de nuevo.

Los flashes no parecían molestarla, y eso era muy bueno para mi, pues iba haciendo fotos sin parar mientras sus pies descalzos la llevaban hasta mí.  Cuando solo nos separaba medio metro, me aparté a un lado y me acordé de la familia de la calle, que seguían yendo a por su cena, en la que yo podría ser el plato principal. Sin embargo, sabiendo que aquella Afrodita se acercaba, no pude salir corriendo. Necesitaba contemplarla más, necesitaba seguir viendo aquel cuerpo escultural que iba a provocar que me estallase la entrepierna. Sin embargo, no todo sucedió como esperaba.

No me hizo ni caso, ni tan siquiera se acercó a mí para morderme; sino que se agachó, y recogió el osito de peluche del suelo, como si fuese la protagonista de una película terror de serie B. Se incorporó de nuevo, con el juguete en su mano, como si lo sacara a pasear. Fue entonces cuando volvió su cabeza hasta mi.

¡Qué espectáculo, por Dios!

Aquel ser perfecto me miraba, se fijaba en mi presencia por primera vez, y me quedé ensimismado de nuevo. Por un momento pensé en acercarme y dejarme morder (si tenía que morir, al menos moriría de placer), pero las ganas de echar a correr y pajearme viendo las fotos que le había sacado no me permitían seguir aquel primer impulso.

En su lugar, hice lo que mejor se hacer: levanté de nuevo la cámara y disparé.

Un rato después, siguió su camino, llevando a su nuevo bebé sin vida cogido de la mano, mientras yo contemplaba la espectacularidad de sus nalgas, teñidas de rojo y mordidas. Al ver aquello me dio muchísima envidia, porqué alguien le había comido la segunda parte que más me gusta de una mujer.

No tuve tiempo para seguirla, ni tampoco para quedarme quieto recordando la majestuosidad de su cuerpo muerto. La familia zombi se me acercaba, y yo debía correr.

Una vez a salvo en mi refugio, revelé las mejores fotografías del día, esperando ver en mis manos el producto que había representado mi cámara. Para mi sorpresa, aquella Afrodita se mostraba tal cual era: tan majestuosa, tan perfecta, tan follable…

No resistí mucho más la tentación. Me bajé los pantalones y descargué mi hombría sobre la imagen. 

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