El Tatuaje (Escenas de amor)

  ¿Cómo surgió la idea? En 2014, cuando me planteaba escribir y el sueño de ser escritor había llegado a mi de la forma más profunda que era posible, buscaba información e historias para llenarme de ellas y aprender a escribir, a contar y a emocionar si fuera necesario. En ese entonces, la euforia era mi estado de ánimo: se había publicado mi primer relato en una antología de terror que tuvo relativo éxito -la antología, no necesariamente mi relato-, y estaba preparando mi primera novela con una agencia que, en ese entonces, me representaba. La novela que iba a publicarse era Búsqueda de Amor, una historia romántica adolescente. Así que, con el subidón de saber que mi novela romántica iba a publicarse, pensé en hacerme escritor romántico. Así nació el proyecto "Escenas de amor", donde escribiría diferentes historias en las que el único hilo que las uniera fuera el amor en todas sus formas: romántico, animal, cariñoso, familiar... 

La intención de Escenas, era unir unas diez aproximadamente, con un estilo parecido y elementos comunes: un objeto que lo que movía la historia, una frase que definiera la historia de autores más importantes e inteligentes que yo, y que mostraran los sentimientos más puros. No descarto publicarlas algún día todas juntas -aunque tendría que seguir haciéndolas-, sin embargo, como el Desván se ha abierto, es hora de compartirlas un poco con el mundo. 

Cuando le conté el proyecto a mi amigo David Sáez, con quién, entonces, queríamos hacer algo grabado como un corto -del que nació mi libro Almas, a la venta en Amazon-. Debido a que serían fáciles de llevar a cabo, tanto por la poca cantidad de personajes, la nula interconectividad entre relatos y la facilidad de cambiar de tema según la historia, fue el momento que más impulso le di a Escenas de amor. Así nació El Tatuaje, historia destinada a convertirse en el segundo relato de esa antología de historias cortas y que fue el primer guión de esa web-serie que jamás se realizó. Cuando le eches un ojo, recuerda que todo lo que aquí cuenta estaba destinado a un medio audiovisual y no narrativo. No lo digo para que te sorprendas, querido lector, ni para que te deleites en él, sino para explicártelo como escribí esto, como estaba planteado, y por si ves algo raro en ese aspecto ya que no he tocado ni una coma de cómo lo escribí en aquel 2014 de vivir de los sueños. Solo es un aviso. 

Espero que te guste. 

El tatuaje

A pesar de llevar un grueso abrigo tengo mucho frío. Noto como mi cuerpo se hace más liviano, cómo el aire parece evitarme mientras que un fuego que, al parecer, siempre he tenido se va apagando dentro de mi corazón. ¿Qué me está pasando?

Mis sentidos no responden, y solo puedo oír una leve respiración, acelerada y terminal. Creo que es la mía… Espera, ahora puedo oír algo más… ¿Qué es? Parece una sirena… Sí, creo que es una sirena…

—No te me vayas… —dice una voz cerca de mí.

Mi vista empieza a activarse, y en medio de la oscuridad voy viendo formas y colores que tengo cercanos a mí. Veo una luz anaranjada que me va iluminando cada poco tiempo, mientras que una figura humana está frente a mí. No puedo verle el rostro, pero puedo observar el color de su ropa: un amarillo tan chillón que reflejaba la luz. En ese momento el sentido del tacto se reactiva, notando como varias manos me tocan por el cuerpo, a la vez que noto algo presionándome el cuello.

—Quitémosle el casco —dijo otra voz, esta vez de mujer.

Notó como mueven mi cabeza con suma delicadeza, y me sacan el casco que oculta mi rostro, permitiendo ver mejor a aquella figura humana que tenía frente a mi. Creo que era un muchacho joven, algo calvo para la edad que aparentaba y con la mirada muy seria.

—Será mejor que le demos la vuelta —dijo el muchacho calvo—. Uno, dos… ¡tres!

Varias manos me pusieron sobre una superficie dura, y observé el cielo estrellado de aquella noche. Por algún motivo nunca me había parado a pensar en ello, pero desde allí el cielo era precioso, tan estrellado, tan hermoso… Me recordó a ella.

Fui tan estúpido como para bajar mi mirada y ver la moto que mis padres me compraron hacía ya cinco años. Estaba destrozada, sin una rueda, y con el chasis roto. En ese momento lo entendí: había sufrido un accidente de tráfico.

No me sorprendí, ni tampoco me asusté, pues aquel frío que sentía en lo más profundo de mis huesos me impedía sentir nada en absoluto. Tan solo me hacía recordar momentos de mi vida junto a ella. Y eso me reconfortaba.

Recuerdo uno de los momentos más importantes en nuestra relación. Estábamos sentados sobre la arena, viendo como el sol daba paso a la luna, mientras que Eli me hacía dibujos de corazones en mi brazo izquierdo. Alguien puede llamarme estúpido por ello, pero me encanta cuando Eli me hace estas cosas. De algún modo, es algo que la hace pura, y eso me atrae mucho más. De hecho, yo creo firmemente que lo que más queremos de la persona de la que estamos enamorados es de esas pequeñas cosas que la hacen única.

—¿Ves? Ahora tienes un tatuaje en el brazo. Así que, cada vez que lo mires, pensarás en mí —me dijo al terminar el corazón.

—Pero cuando lo moje se irá… —añadí yo, mirando el dibujo.

Ella me sonrió con dulzura mientras se guardaba el bolígrafo en el bolsillo.

—Entonces, tendré que hacerlo todos los días, ¿no? —sentenció ella, antes de acercarse y besarme.

Lo dicho, esas pequeñas cosas.

Mi abuelo solía decir que todos tenemos una media naranja perdida por el mundo, que nos espera ansiosa (incluso aunque no lo sepa), que nos anhela tener a su lado, que nos busca entre la gente; y una vez la encuentras nada podrá arrebatarte ese amor, ni tan siquiera… la muerte. Él siguió a pies juntillas ese ideal, y aunque mi abuela no le reconociera ya por su enfermedad degenerativa, él siguió a su lado, siempre.

Ahora que me halló en el interior de la ambulancia, pienso que me hubiera gustado seguir su ejemplo.

—¿Te duele algo, chico? —preguntó el técnico de emergencias que estaba frente a mi en la ambulancia.

—No —le dije, en un susurro. En realidad no estaba sintiendo nada, absolutamente nada, a excepción de un frio que se extendía por mi interior.

—Te vamos a llevar al hospital. ¿Puedes decirme tu nombre?

Tardé unos instantes en recordarlo. Por algún motivo solo me venía a la cabeza el nombre de Eli, pero finalmente respondí.

—Christian Saez.

—Encantado de conocerte, Christian. Mi nombre es Nacho —me sonrió el muchacho calvo.

Su simpatía me hacía recordar de nuevo a Eli y, en consecuencia, mi mente abandonó mi cuerpo para perderse de nuevo en la melancolía.

Estábamos en casa, viendo una serie de televisión. Recordaba que ese día ella estaba especialmente hermosa. La luz del sol iluminaba sus ojos azul marino, tiñendo de oro sus cabellos rubios y sus mejillas coloradas. Por algún motivo no pude soportar el deseo de besarla, y la miré. Nos miramos. Nos sonreímos. Y nos besamos.

La tumbé sobre el sofá, con delicadeza, dulzura y pasión. Debió ser un momento muy extraño, porqué rompió nuestro beso y, mirándome a los ojos, me dijo:

—¿A qué viene este acto de erotismo? ¿Crees que eres Christian Grey?

Sonreí ante aquel comentario, en cierto modo, algo picante.

—¿Insinúas que soy guapo, rico y multi-orgástico?

Ella no pudo reprimir la carcajada que sacudió su cuerpo y el mío.

—No… confieso que te quiero a ti. Mira tu por donde, te prefiero a Christian grey.

Acto seguido me besó.

Ahora pienso que ese momento debería haber quedado grabado a fuego en los recuerdos de la historia. ¿Por qué solo recordamos hechos políticos que hayan sucedido en el mundo o guerras o nacimientos de personas destacadas? ¿Por qué no podemos estudiar los momentos claves de la historia romántica del mundo? Pido perdón por ser estúpido. En estos momentos finales de mi vida estoy pensando en gilipolleces que nadie podrá saber nunca, y tan siquiera podrá contarle a Eli que, en mi opinión, nuestro amor debería ser recordado a lo largo y ancho del tiempo.

Pese al frío que siento tras el accidente, aquel recuerdo se resistía a irse, continuando con la escena. Sentí la necesidad de acariciarle sus mejillas, mientras me perdía en la inmensidad de sus ojos. Poco después, me miró la mano, abrió los ojos de par en par y se reincorporó en el sofá, sujetando mi mano con las suyas.

—¡Se te ha borrado el dibujo! —exclamó.

—Naturalmente, es lo que tiene el boli, suele borrarse —sonreí yo.

—Pues eso se tiene que solucionar… 

Se levantó, se acercó al mueble del salón, y volvió al sofá con un bolígrafo en sus manos. Al sentarse, volvió a dibujarme un nuevo corazón.

Pensé en cómo era posible querer tanto a una persona. Por qué motivo sentíamos un amor tan puro, como si fuéramos dos niños pequeños jugando a papás y mamás. Ahora tengo diecinueve años, y jamás he podido sentir algo tan preciado con nadie más (y ahora sé que tampoco volvería a sentirlo). Se que soy joven, sé que podría conocer a otras personas esparcidas por el mundo, pero ella…

Es ella.

—Algún día me agradecerás que te haga estas cosas —susurró ella, al terminar el dibujo en mi mano.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—¿Por qué siempre me haces a mi los dibujos?

Realmente me lo preguntaba. Desde aquel día en la playa, Eli siempre me dibujaba un corazón en el dorso de la mano, y tenía curiosidad en saberlo.

—Verás, es mi forma de demostrarte mi amor —respondió ella, tras un momento en silencio—. Así, vayas donde vayas, y hagas lo que hagas, algo que ha salido de mi corazón irá contigo, allí dónde tu estés. Siempre. Por eso lo hago con boli, porqué así podré seguir haciéndolo una y otra vez, para que, cuando no pueda hacerlo, eches de menos el dibujo sobre tu mano. Llegará un día en que esto que te estoy haciendo será también parte de mi, y ese día, el corazón estará dibujado dentro de mi ser.

No pude dejar de mirarla tras oír aquello, porqué, al fin, entendí las palabras que mi abuelo me decía al respecto del amor.

Mi consciencia volvió a la ambulancia. El techo era blanco como la porcelana, y la sensación de frío ya era demasiado fuerte. Pensé en lo que mucha gente decía: eso de cuando te mueres ves toda tu vida ante tus ojos, en solo un instante.

En mi caso no fue así.

Solo pude verla a ella.

Daba igual que los técnicos sanitaros cortaran mi camiseta y vieran el corazón que tenía dibujado sobre mi mano. Poco importaba que pusieran las placas del carro de paradas; pues yo pensaba en sus manías cuando me dieron la primera descarga.

De algún modo notaba el olor de su cabello cuando la segunda descarga me sacudió.

Me encontraba en la playa, sentado sobre la arena, rodeando a Eli con mis brazos mientras ella me explicaba algo que ya no podía oír, mientras que mis ojos solo veían su sonrisa a la tercera sacudida.

No llegué a escuchar el sonido que indicaba que mi corazón se había detenido. Tampoco pude ver la reacción de Eli al enterarse de mi muerte, como tampoco supe que mis padres y ella me dejaron el dibujo del corazón sobre mi pecho y sobre mi mano; y es que, por mucho que la muerte me haya llevado, por mucho que mi cuerpo esté ya sin vida, hay algo que jamás me podrán quitar jamás: el tener la marca del amor de Eli en mi mano, para toda la eternidad.


Pues ya lo dijo Pablo Neruda: “Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”.


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