Carta amarilla (Escenas de amor)

 ¿Cómo surgió la idea? Año 2015, el año de Búsqueda de Amor, el año que cambió mi vida de escritor y me introdujo en un bache del que aún no he podido salir del todo y aún sufro de sus consecuencias. Sin embargo, en ese entonces el proyecto de Escenas de amor aún tenía más presencia en mi mente de lo que hoy tiene.  

La intención de Escenas, era unir unas diez aproximadamente, con un estilo parecido y elementos comunes: un objeto que lo que movía la historia, una frase que definiera la historia de autores más importantes e inteligentes que yo, y que mostraran los sentimientos más puros. No descarto publicarlas algún día todas juntas -aunque tendría que seguir haciéndolas-, sin embargo, como el Desván se ha abierto, es hora de compartirlas un poco con el mundo. 

Este relato, el que iba a ser el número 4 de la antología, tenía un desarrollo muy distinto. AL principio iba a ser la historia de una muchacha que encontraría en el buzón de su casa una simple hoja escrita en un papel amarillo, en el que alguien desconocido le confesaría su amor y devoción por ella. ¿Por qué una carta amarilla? Por la canción de Nino Bravo, nada más. Sin embargo, un día, no recuerdo el motivo, me senté en el ordenador y me puse a escribir lo primero que se me ocurrió, y esa historia de la muchacha quedó suplantada por la que hay aquí, que gira alrededor de la que, a mi parecer, es la peor enfermedad del mundo actualmente y la que anula por completo la voluntad, la razón y el alma de una persona: el Alzhéimer. 

Como siempre, lo publico tal cuál lo he encontrado en el ordenador, con sus faltas, sus errores de contenido y todo lo demás. 

Espero que te guste y, esta vez, quiero dedicárselo a Magdalena Coca Arroyo, allí dónde esté bailando en una fiesta permanente con su querido marido e hijo. 

Carta amarilla

Mi amor:

Ha sucedido el milagro que anhelaba que se hiciera realidad. He vuelto, aunque temo que en un rato me marche una vez más. Lamento escribir sobre esta hoja amarilla que usas para hacer tus escritos, pero ha sido lo primero que he encontrado, y temo que sea tarde si voy a buscar algo para decirte lo que quiero.

Sigo aquí. En serio, no me he ido. Mi mente me ha relegado a una parte profunda de mi corazón, donde no puedo tocar, pensar, ni tampoco recordar… Aunque puede que veas un tenue brillo en mis ojos cuando me dices algo: soy yo, dándote la bienvenida y el beso que quisiera darte con toda mi alma. Noto que cuando me das un beso, y mi cuerpo te lo devuelve por inercia, sientes que no es lo mismo, que la niñita de tus ojos ya no está ahí. Tan solo queda su cáscara, que poco a poco se va vaciando lentamente, hasta que ya no quede nada de mí en mi propio cuerpo.

Pese a que sabíamos que este día llegaría no deja de ser duro para todos, en especial para mí. Veo cómo intentáis sobrellevar la situación día tras días, noche tras noche, intentando combinar vuestras vidas con tener que cuidarme como una niña pequeña. A veces os oigo hablar de mí, de lo fuerte, cariñosa y amable que era con todos vosotros, y que eso no se ha diluido en lo que queda de mí, cosa que os hace sonreír, y haceros sentir orgullosos de mi persona. De quién soy realmente.

El silencio de mi mente, ahora inconexa, me da tiempo de salvar un pequeño recuerdo antes de que este muera en mi cerebro, y lo conservó en ese pequeño trozo de corazón donde ahora está la plenitud de mí ser. Os tengo a todos aquí, al avi, viva imagen de Jaimito y sus aventuras variopintas; a mi niño, que está en el cielo; a mis niñas, que luchan día a día por qué no me falte de nada; y a tus primos y a ti, que me disteis vida, durante los últimos años en los que aún era consciente de mi misma.

Ahora estoy pensando en ti y en lo que te dije muchas veces: “Os quiero a todos igual pero, a ti, te quiero de un modo especial”. A pesar de los años no ha perdido fuerza esa afirmación, no señor. Me reafirmo más cada vez que te veo frente a mí. Intentando hacerme sonreír, y lograrlo pese a no saber qué has hecho (en eso, quiero confesarte que me da fuerzas para atisbar un poco de control propio). Guardo con especial cariño la Nochevieja pasada, cuando te pusiste el chal del color de las violetas del campo, y empezaste a bailar poniendo esas caras tan cómicas que me hacían partirme de risa.

Te sorprenderías de lo que puede llegar a guardar una persona en su corazón, mi niño chiquitito. Pese a tenerlo todo aquí, no ocupa espacio, pese a tenerlo repleto de recuerdos, momentos, sentimientos, caras, amores, rencillas y tristezas. Siempre queda sitio para algo más, y ese algo más es el amor que me procesáis día tras día.

Antes solía decir que pocas veces os acordabais de mí, y mírame ahora: soy yo la que no se acuerda de nada, y temo el día en que no recuerde ni mi nombre. Una vez, de pequeña, me contaron que los recuerdos forjaban el carácter de una persona, pero ahora sé que no es: lo que forja a una persona es el corazón. Cosa que, supongo, intuyes, pero no está de más que creas a tu abuela en este momento.

No puedo decirte que sea duro para mí, porqué no existe palabra para expresar el dolor que representa esto que me pasa: que no le deseo ni a mi peor enemigo. Por encima de todas las cosas, le pido a Dios, y a todos los santos que no os suceda a vosotros, a ninguno. Sufrir de este modo no es  cómo se debe vivir, porque esto no es nuestra vida. No es vernos los viernes y hacer macarrones para todos vosotros (pese a que aún os preguntéis cómo los hacía), tampoco es quedar la familia los domingos para ir al campo a hacer la carne a la brasa y comerla juntos, viendo como el avi se tumbaba en su hamaca bajo el sol, sin camiseta, y roncando de tal modo que todos os reíais de él. Esa era nuestra verdadera vida, no esto; mi vida ahora ha pasado a ser algo demasiado irreal, demasiado frustrante para mí; como si ahora estuviera en un largo túnel oscuro y de tanto en tanto atisbara pequeñas trazas de luz que, al girarme para contemplarlas, se hubieran extinguido al ritmo de un suspiro.

Vaya… ahora me he puesto a llorar. Perdona a esta sensiblera que emborrona las palabras escritas a bolígrafo… Soy tonta por no ir a tu habitación y despertarte, abrazarte, besarte y decirte todo lo que te estoy contando aquí. Solo soy una anciana, una triste anciana, a la que no le queda ni sus vivencias.

Una vez me contaste que cuando una persona tiene mi enfermedad, no pierde sus recuerdos. ¿Cómo era eso? ¿Dijiste que eran como burbujas de luz que se iban al lugar donde todos iríamos al morir? Sí, algo así dijiste; apenas eras un niño. Pues, quiero que sepas que me agarro a esa idea como a un clavo ardiente.

Porque cuando hicimos esto, sí, trabajando, ¿sabes? Pues verás…

Oh, no… ¿Ves lo que te decía? Vuelvo al lugar que me he creado para sobrevivir y que la persona que soy no muera aún. Empiezo a olvidar qué estoy haciendo, y veo que mi letra está cambiando… Me cuesta horrores despedirme de ti, pero mi cuerpo me obliga a volver a mi cárcel sentimental.

Sin embargo, mi amor, recuerda: mi mente no os reconocerá, pero ten por seguro que mi corazón sigue unido al vuestro para siempre, incluso el día que yo abandoné este mundo en cuerpo y alma.

Ahora iré a tu habitación, puede que te diga algo inapropiado, o que te despierte y resoples de cansancio por la situación. No sabré qué hago allí, pero he ido a decirte que te quiero, y a darte un beso en la frente.

Adiós, mi amor, y dale recuerdos a los nuestros de mi parte.

 

P.D.: Perdona si insisto muchas veces que pongas la canción esa de Nino Bravo, pero sabes que me encanta el trozo ese que dice:

“…mil te quiero, mil caricias, y una flor que entre dos hojas se durmió…”.

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