Paseo (Escenas de amor)
¿Cómo surgió la idea? En 2014, cuando me planteaba escribir y el sueño de ser escritor había llegado a mi de la forma más profunda que era posible, buscaba información e historias para llenarme de ellas y aprender a escribir, a contar y a emocionar si fuera necesario. En ese entonces, la euforia era mi estado de ánimo: se había publicado mi primer relato en una antología de terror que tuvo relativo éxito -la antología, no necesariamente mi relato-, y estaba preparando mi primera novela con una agencia que, en ese entonces, me representaba. La novela que iba a publicarse era Búsqueda de Amor, una historia romántica adolescente. Así que, con el subidón de saber que mi novela romántica iba a publicarse, pensé en hacerme escritor romántico. Así nació el proyecto "Escenas de amor", donde escribiría diferentes historias en las que el único hilo que las uniera fuera el amor en todas sus formas: romántico, animal, cariñoso, familiar...
La intención de Escenas, era unir unas diez aproximadamente, con un estilo parecido y elementos comunes: un objeto que lo que movía la historia, una frase que definiera la historia de autores más importantes e inteligentes que yo, y que mostraran los sentimientos más puros. No descarto publicarlas algún día todas juntas -aunque tendría que seguir haciéndolas-, sin embargo, como el Desván se ha abierto, es hora de compartirlas un poco con el mundo.
Este relato, el sexto de Escenas de amor, fue el más complicado para mi de todos los que llegué a escribir. Aún recuerdo las lágrimas que derramé ese día que necesitaba escribir un pequeño relato, sin saber como terminaría todo. Había soñado con mi perro Toby, al que tuvimos que dormir cuatro años antes de escribir este relato. ¿Por qué había tardado tanto en escribir sobre él? No lo sé... Pero lo hice, y de ahí surgió este relato. Al final, lo encajé en Escenas de amor porque cumplía todos los requisitos para estar ahí. Como siempre, lo publico tal cuál lo he encontrado en el ordenador, con sus faltas, sus errores de contenido y todo lo demás.
Espero que te guste.
Paseo
A mis catorce años me siento muy cansado. Han pasado muchas
cosas a lo largo de estos años y, para él, sigo siendo un bebé. No le culpo, en
el fondo me gusta que me hablen en ese tono ridículamente adorable, o que me
colmen de cosas buenas y pequeños regalitos que hacen mi vida más llevadera, si
cabe.
Según tengo entendido, los de mi condición no suelen durar
más de quince años y no puedo entender el porqué. Sí, es cierto que mi cuerpo
empieza a no hacerme caso, y sí, tampoco es que oír muy bien durante estos
últimos años. El corazón me va mucho más lento de lo normal, y hasta me cuesta
respirar. Sin embargo, con verlos a ellos, yo ya soy feliz, y de este modo
llevo mi vejez con total serenidad y orgullo, siempre que los siga teniendo a
mi lado.
Cada mañana le veo a él, mi persona, sentado en una silla
delante de un ordenador, pasando las horas, los días y a saber qué más hace
allí sentado. Pese a eso, yo siempre he estado cerca de él: o encima de la
cama, o en el suelo observándole discretamente. Porqué sí, podría describir con
suma precisión las marcas de todo su cuerpo, el color de su piel, lo
desbaratado que tiene el pelo, o incluso identificarle por el olor que
desprende. Son ya muchos años haciendo eso, observo cada instante con avidez
todo lo que puedo, compruebo siempre que todoque todo lo que tiene cercano no
le hace daño, y siempre estoy preparado para actuar en caso que lo necesite.
Siempre.
Es lo bueno de ser como los míos. Somos guardianes y, al
mismo tiempo, complemento de estos seres a dos patas, voces atolondradas, y
pieles sin demasiado pelo. Vivimos toda la vida a su lado, asegurándonos que no
sufran en ningún momento. Cuando mi humano tiene una pesadilla, yo me quedo
siempre a los pies de su cama, le miro con atención, preocupado por él, y hasta
que no me ve así, tranquilo, él no se calma. Muchos pueden creer que eso es
algo que se le hace a un niño pero, por mi propia experiencia, aseguro que las
pesadillas de una persona adulta pueden ser mucho más traumatizantes que las de
cuando son cachorros.
Ahora, cuando le veo, me doy cuenta de todas las cosas que
hemos pasado juntos a lo largo de estos trece años y medio. Alegrías, penas,
muertes, sentimientos, y amor, mucho amor, casi tanto que no es posible
explicar con palabras.
Y eso es bueno.
Cabe decir que yo no he tenido nunca una memoria especial,
ni tampoco muy detallada. Para mi, los recuerdos se componen de pequeñas
escenas y de olores que me transmiten un momento destacado de mi vida. Por
consiguiente, los pocos recuerdos que tengo son los más preciados que puedan
existir; así que mi mente evoca la primera vez que le vi, hace ya una
eternidad.
Él volvía deprimido de la escuela, cuando se encontró por
sorpresa conmigo en la que sería nuestra casa. Al verle corrí hasta él, gritó
de alegría, y corrió a abrazarme. Fue en ese instante desde el que nuestros
destinos irían ligados para toda la eternidad.
Ahora me fijo un poco más en él, y me doy cuenta de cómo han
pasado los años para ambos. Empieza a tener algunos cabellos canosos, mientras
que las manchas de pelo negras de mi pelo hace tiempo que se empezaron a
blanquear. Sus ojos castaños, antes alegres y llenos de vitalidad, me miran
ahora con un cariño sin igual, y veo en ellos una parte de lástima y otra de no
querer dejar irme.
Le entiendo, para qué
negarlo. La vida ya me ha dado todo lo que podía darme, y poco más podré añadir
a mis experiencias vitales. He paseado como nunca por las calles, me conozco al
dedillo todos los recovecos de la ciudad en la que he vivido toda mi vida, he
hecho un montón de amigos que llevaré siempre en mi corazoncio y, pese a todo
eso, también suelo pensar en la muerte. A mis problemas de corazón se ha sumado
un resfriado muy fuerte que me ahoga cada noche, toso sin parar, sabiendo que
molesto a mi persona al dormir en la
misma habitación. Noto que sufre por mí, y yo sufro por él.
En estos días, mi
persona y su madre hablan de hacer algo al respecto, para que ya no sufra
más. Sé a qué se refieren, y sé que a él le tortura y le rompe el alma al
incumplir una promesa que me hizo desde que yo era un cachorro. Sin embargo,
pasan los días, y yo noto que las fuerzas me van abandonando poco a poco,
apenas tengo ganas de comer, tampoco de beber, me tumbo en la puerta de su
habitación y me quedó allí todo el día. Alguna vez me acercó a la cama e
intento subirme allí, dónde he dormido durante más de trece años, pero mis
patas ya no responden, y le tengo que pedir ayuda para que me ponga allí, y
oler su aroma. Por suerte, todas las noches se acuerda de ponerme sobre las mantas
de la cama cuando él se va a dormir, y eso me reconforta mucho.
Hoy es 10 de enero de 2012. Apenas salgo a la calle por mi
falta de fuerzas, el frío me cala los huesos y me impide caminar. Estoy muy
mal, lo sé, y también sé que él lo sabe.
Sin embargo, cuando el cielo se empieza a oscurecer, escucho
que el teléfono móvil de mi persona
suena. Mientras está hablando por teléfono me mira con los ojos vidriosos y nos
sostenemos la mirada un rato, hasta que cuelga. Veo que está a punto de llorar,
y el alma bondadosa que tenemos todos los míos
me dice que llora por mí. Creo que es el momento.
Se levanta, se pone su polar de color negro, y recoge la
correa roja que tengo frente a la puerta. Me llama, pero no puedo moverme. Me
llama de nuevo, pero me lo quedo mirando, como intentando decirle que sé dónde
íbamos, y que lo entendía, que no debía llorar. Pero los humanos no nos
entienden, y por tercera vez me llama, sin fuerzas, con lágrimas cayendo sobre
su rostro. Me levanto como puedo, y me acerco a él. Normalmente, cuando sé que
saldré a la calle, muevo mi cola como si no hubiera un mañana, pero hoy no
puedo. Salimos de casa, nos vamos hacía el ascensor y bajamos a la calle, dónde
nos espera su madre.
Intento levantar la pata para hacer un pis frente a la casa,
pero las pocas fuerzas que me quedan me hacen caer al suelo y gimo. Mi persona, con cariño, me coge en sus
brazos, me abraza, y siento el calor de ambos traspasar su ropa y mi pelo,
uniéndonos una vez más. Notó cómo sus lágrimas caen sobre mí, y no puedo más
que mirarle sin pestañear, con los ojos más profundos que nosotros podemos
poner, queriendo decirlo todo sin pronunciar palabra alguna.
Poco rato después, su madre se acerca a nosotros tras hablar
con una vecina, y me deja en el suelo. Notó que he dejado ir unas gotas de pis
en el polar negro de mi persona, ahora espero que no le importe ese acto
inconsciente. Paseamos un rato por detrás de la iglesia del pueblo. Por el
camino voy haciendo pis, y hasta defeco en un árbol; lo recoge la madre demi persona, y notó que ella también
tiene el semblante triste. Tampoco puedo
reprocharle nada a ella.
Finalmente, tras un paseo algo extraño para todos, llegamos
al lugar que más odio de todo el mundo. Ya de lejos sé que me llevarán hasta el
veterinario, y si no estuviera como estoy, con cataratas en mis ojos, me habría
apartado como siempre solía hacer.
Pero ahora todo es distinto.
Entramos dentro, y la madre de mi persona le cuenta los problemas que he tenido estos últimos
días, y mi médico les dice que puede curarme el resfriado, pero que no puede
solucionar nada más. Seguiré tosiendo, seguiré sufriendo, me seguirán doliendo
los huesos, y seguiré sin ganas de nada. Yo ya soy muy viejo.
Mi médico pregunta qué debe hacer, ymi persona pronuncia esas palabras que jamás pensó que iba a decir,
aquellas que maldecía con todas sus fuerzas desde que nos conocimos.
Ya no quiere que yo sufra más.
Mi médico le pregunta si está seguro, y él dice que sí, entre lágrimas. Con
delicadeza, me suben a la tabla de aluminio dónde me colocaba yo cuando el
veterinario me visitaba. A mi lado, acariciándome, tengo ami persona y a su madre, que lloran desconsoladamente. Ojalá
tuviera una forma de darles a entender que no deben llorar por mí, que he sido
feliz durante todos estos años a su lado y que me iré en paz, con el mayor amor
que pudiera alberga cualquier ser vivo.
Mi persona se acerca a mí, y besa mi cabeza. Era una cosa
nuestra, un cariño que nos demostrábamos mutuamente, y lo hace para decirme que
me sigue amando de un modo incondicional.
El veterinario se acerca, me pone una inyección y noto cómo el
cansancio me obliga a cerrar los ojos lentamente. Antes de dormir, miro a mi persona una última vez.
Al verle llorar de ese modo, por mí, me demuestra el afecto,
el cariño, y el amor que yo sentía era recíproco, y no puedo más que alegrarme
por llevarme eso a la otra vida. Un amor tan fuerte que puede mover montañas,
que ha podido retrasar la misma muerte y hacer más llevadero el dolor que he
sentido estos últimos meses. Ahora, tumbado sobre la tabla de aluminio del
veterinario, me gustaría tener un rostro como el suyo para sonreírles, hablar
como ellos para darles las gracias, y demostrar una última vez que les
quiero. Pero los míos no hablan, ni sonríen; así que solo les miro, con todo el
cariño que puedo, intentando así demostrarles lo que mi pequeño y atrofiado
corazón siente. Parece que funciona, porqué él me sonríe con dulzura entre
lágrimas. Ahora ya me puedo ir tranquilo.
Es hora de dormir.
Ya lo dijo Anatole France: “Hasta
que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida”.
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